lunes, 18 de abril de 2011

mirar por la ventana

Tráfico. Ruido. Trajes llevados por sus prisas. Semáforos: Rojos. Amarillos. Y, por fin, verdes.
Todos corren. Corren todos como locos. 
Comienza el espectáculo:
La mujer de rojo sale de aquella tienda, esa de caprichos absurdos que tanto le gusta. 
Es la de siempre, la de todos los miércoles. Siempre envuelta en el mismo cálido abrigo.
También puedo ver a aquel hombre de traje a cuadros y pajarita en cuello. La distingo porque es amarilla y se podría ver a años luz de distancia, que si no, nada. 
Entre la miopía y la altura, parecen todas borrosas hormiguitas de colores. 
Las caladas del cigarrillo me llenan los pulmones de imaginación. Imagino sus vidas. Tristes, apagadas. Colores monocromáticos que los abrazan. Cada cual su papel. Cada cual su función.
Teatro. 
Respiré profundamente. Otra calada. 
Y otra.
Y otra.
El humo dibujaba siluetas efímeras: me sentí acompañada.

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