Él cogió las maletas y se fue bajando las escaleras.
Yo iba a cogerlas, pero no pude. No pude irme sin despedirme de ella. Demasiados recuerdos, aunque fuese poco tiempo, de verdad que eran demasiadas noches, días, vicios y cervezas, desayunos tardíos y cenas de cama. Todas tus carcajadas: Dios, como amo tu risa y sonrisa. En serio, como adoro tu maldita risa. El sexo: joder, que tecomíaabesos. Las cajetillas de cigarrillos: aún veía el humo de la última colilla.
Me senté en la cama, aún con las sábanas enredadas en el ultimo polvo de hacia solamente unas horas. Miré a todo mi alrededor:
Sólo habían dos mesitas, con sus lámparas cutres y sus cajones vacíos, antes llenos de todos los vicios. Maravillosos vicios de cada noche. Enfrente de la cama, un armario pequeño. A la derecha, un baño minúsculo. Lo mejor era la izquierda: una terraza. No era muy grande, con sus dos macetas feas, pero a mi me apasionaba. En realidad, me apasionaba todo. Absolutamente todo de aquella habitación. Cogí aire para contener las lágrimas. Joder, si al final lloré y todo. No se, es de esas cosas que echas de menos sin apenas haberlas probado. Como que sabe mal dejar tan rápido lo bueno. Me repuse. Agarré fuerte la maleta, y sin mirar ya nada más que al suelo, cerré la puerta a todo aquello. Salí del hotel, tu estabas esperándome fuera. Sonreíste. Y ahí estabamos los tres: tu, yo, y tu puñetera sonrisa otra vez.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
arañazos de mi gato